martes, 14 de enero de 2014

“Como un robo cualquiera”


 (Por Brunosacro)


“Se remata el siglo” suena en la radio mientras el recuerdo evoca la guitarra y a Roberto Lindl, de Los Tr3s, sobre el contrabajo puteando y punteando una época de canciones confusas, que contenían tristeza y rabia desarrollada en surrealismo, canciones sinsentido o en inglés, de la que mi generación desconocía el significado, pero que disfrutaba la melodía y la pose del re”v”elde atormentado por la fama MTV. Era algo así como la reacción cultural natural en este país sin importancia, servil de un imperio, en una sociedad de mentiras siniestras que hablaba de democracia mientras se temía la sombra del general que aún no viajaba a Londres. La copia infeliz de un edén americano en decadencia. La media volaíta.
Mis amigos piensan que mis discursos contestatarios (o revolucionarios como ellos lo llaman) son un desvarío simpático en el hecho de compartir o no mi opinión sobre la dictadura, la reforma agraria o el socialismo. Que ni el sistema tiene la culpa y que todo esto siempre terminará igual: siempre. Que el comunismo ha fracasado y que siempre habrá alguien que lucrará con el trabajo de otro. Mis sueños sociales no caben en su perspectiva, se ríen un rato, cambiamos de tema, no intentan ni intento convencerlos de los temas complejos como la fe, el golpe militar, los detenidos desaparecidos, y a veces asumo que tienen razón. Para qué calentarme la cabeza.
Luego de atravesar una vida llena de malas decisiones, ni la música ni la lectura ha redimido la visión crítica de lo que pensaba era la sociedad. Cuando estábamos en el Liceo todo el mundo aguardaba que lo cambiáramos. Pero no contábamos con la astucia de la fuerza de la costumbre, la desidia, la cruda realidad. Todo ese entusiasmo juvenil y la soberbia ignorante de experiencia, terminan arrinconándote en un trabajo mediocre donde el jefe que tiene dinero para pagar por tus servicios en su puta vida leyó “Las venas abiertas de américa latina” o un libro,  pero factura lo suficiente como para disfrutar todas las comodidades que el débito puede pagar en un mundo amoral y con justificativo para cualquier libre iniciativa económica.
Dinero, dinero, maldito dinero. Casi todo termina reduciéndose a eso. Todas las necesidades tienen un precio, incluso las necesidades que no lo son. El que más trabaja ya no tiene más poder de intercambio. El que más gana es el que especula, el que apuesta, el que juega con el dinero de otros en el gran casino del libremercado. Y si todo falla, el gobierno lo salva, y todo empieza de nuevo con nosotros en el culo de la pirámide, en la base de algo, en el podio de una gran nada.
Cuando me hablaban de que el sistema funcionaba, supongo que tenía validez antes de que los gobiernos comenzaran a salvar a los bancos. Ahora qué los diferencia del comunismo o los socialismos reales, si la manufactura del mundo está en la dictadura comunista con los trabajadores-esclavos más baratos del globo. Se confabularon todos en un gran engaño. Y cada muerto de la revolución, cada exiliado, siente que desperdició su vida por una triste ideología mientras un trabajador explotado busca dar de comer a su familia con el poco tiempo que le queda.
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Los bancos son el objetivo. Los culpables de la Europa agonizante. Fumo mi cigarrillo con la ventanilla de la “caminito al cielo” abajo y la radio local reproduce un comentario tonto del alcalde. La transparencia de los vidrios del banco, las filas de gente aglomerada para retirar dinero, abrir cuentas, sacar créditos, hipotecar su casa. El guardia apoyando a un cliente por un cambio de clave en el cajero automático. Exhalo el humo. Cuento los guardias, los burócratas, la gente, los peldaños de la escalera de entrada, de salida, las cámaras. Pienso que sería buena idea usar pasamontañas y quemar la ropa luego del atraco. Buena idea.
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Hay tanta gente que no le trabaja un peso a nadie. Rolo cree que debemos hacer la movida como lo hacen los zánganos canallas del pueblo. Andan en los mejores autos, con las mejores minas, descansados, impúdicos, con gafas Rayban porque vendieron 100 kilos de yerba o porque se cagaron a algún viejo del campo reventándolo en créditos. Hijos de la Gran Puta: la gran casa, la gran camioneta, la gran vida. Impunes mientras nosotros trabajamos 14 horas al día, 84 horas a la semana, con la espalda hecha un nudo y los ojos rojos, el cuerpo deshidratado y en la boca el mal aliento de saborear las sobras de lo que ellos disfrutan, sólo por ser honestos.

Envidia es lo que nos jode ahora. Uno que nunca deseó nada más que ganarse la vida decentemente, porque eso fue lo que nos enseñaron, no es suficiente. La televisión tiene la culpa y las series de narcotraficantes. La solución a nuestros problemas es un arma.
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Quedamos de juntarnos a las ocho. El otoño se manifiesta en frío aliento y un sol tímido tras la montaña. Rolo cronometra en una esquina. Dos pendejos esperan la hora de la entrada. Si todo se complica, todos tienen una ruta de escape. Espero que nadie olvide lo que tienen que hacer: no confío en los mocosos que contactó Rolo, pero respecto a eso no puedo hacer mucho.
Las coartadas son perfectas. Nadie de nuestras familias sabe dónde estamos más que el código de póker-club de Toby con una probable borrachera matutina por el trasnoche. Debe ser sencillo, nadie sospechará de dos oficinistas frustrados buenagente. No nos iremos del país pues le debemos al fisco, algunos bancos, unas multitiendas o a la universidad. Usamos cuello blanco y corbata, cenamos diligentemente con nuestras familias, tenemos un historial impecable, pero no financiero. Queremos el auto y la casa, la familia numerosa y un clan leal a nuestra causa. No es mucho pedirle al destino que nos otorgue esta jugada. Tenemos muchas más posibilidades de acertar que jugando un Kino. Debemos mantener la calma. Uf. Todo saldrá según lo planeado.
El señuelo para llamar la atención de la policía son dos motines en dos sectores alejados del pueblo y un gran incendio. La atención de los pacos no estará en el banco.
La señal la damos a las 8 en punto. Las llamadas para alertar de los motines se reiteran desde un celular desechable. Luego, hacemos detonar el incendio. Fue una explosión simple de nitroglicerina que se me ocurrió con jabón investigando un poco del “Club de la Pelea”. Espero que no haya sido mucho. Me pregunto si será natural que hayamos empezado esto, nosotros, dos simples weones jugando a la gran mafia. Es nuestro momento. Vemos partir a los bomberos y a los pacos. Los motines los instigó Rolo, el carismático hijo de puta que no quiso asumir la política del partido: hacer lo que quieren en Santiago. –qué saben ellos- exclamó golpeando la mesa. -Piensan que tienen todo porque están atornillados en sus escaños y  acuden a nosotros cuando necesitan votos. El día de la penca pelearán por nuestras necesidades regionales-. -Necesitan lacayos para sentirse importantes: van a perder de nuevo-. – Nosotros…nosotros volvemos a la calle: ¡INDIGNATE, WEÓN, INDIGNATE!- Y el vitoreo que acompaña esas palabras es impresionante.
Ahora que lo pienso esto del banco no es más que una jugada anarquista, contestataria, antisistema. Si los bancos endeudan países y luego los salva el estado: ¡somos unos héroes forajidos!
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El guardia abre a la hora esperada. Una vez que entra, Rolo lo reduce con éter. No podemos desactivar las alarmas por lo que debemos operar rápido. Un mocoso queda en la entrada del banco fumando para avisar por fono y otro en la ruta por la que podrían aparecer los verdes. Sabemos dónde está la bóveda y las cámaras, pero no sabemos cómo abrirlas. Nos limitamos a entrar a las cajas. Suena la alarma. No hay pánico por nuestros rostros pues llevamos pasamontañas y lentes amarillos de protección para la contru y guantes de goma que usan en los hospitales para limpiar a los enfermos. Pero nuestra cirugía fallaba. Nos miramos con Rolo y de una escalera que da al subterráneo aparece un guardia que no pensábamos hallar. Apenas nos ve, huye bajando las escaleras. Lo seguimos hasta alcanzarlo y no pudo sacar su arma. Se meaba de miedo. Encañonado, nos ayuda a apagar la alarma y nos dice cómo abrir la bóveda. Balbucea algo de su familia y que necesitamos otra llave que tiene el agente. Le preguntamos cómo podemos solo sacar dinero fácil y nos indica que hay unas bolsas que por protocolo se asignan en la mañana a las cajas. Rolo va por ellas mientras miro por sobre el hombro con desprecio, al guardia cobarde.
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Desayunamos cada uno en su familia. La movida salió de acuerdo a lo planeado pero no por los millones que esperábamos. Para la próxima, mataremos a alguien o explotaremos la bóveda. Aún no saben quién los golpeó. En pueblo chico no es difícil sospechar de los de siempre y son ellos quienes terminan pagando el pato. Los honestos ciudadanos de familia, no inspiran duda.
Así como está la cosa, es natural que todos los que poseen, lo hagan como nosotros o nosotros lo hacemos como lo hicieron ellos. Políticos, banqueros y empresarios ostentan lo que tienen porque cada mañana se comportan naturalmente con sus familias, luego de retornar de sus cofradías siniestras. El temple sereno, la mente tranquila y el bolsillo completo: la trilogía del perfecto carerraja, pues saben que no los investigarán ni castigarán. Tienen la certeza de hacer lo que todos hacen, y de comportarse como si nada hubiera pasado, con el discurso moralista sin arrugar un pelo de su ceño, tal como si ganarse la vida consistiera en un robo cualquiera.


F I N